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martes 12 de enero de 2010

Media vuelta



Víctor sabía que tenía poco tiempo. Salió de su casa, un edificio inmenso de 20 pisos y 400 apartamentos, e intentó parar un taxi. Entre las manos llevaba un pequeño maletín parecido al que usan los médicos aunque algo más pequeño.

Un coche azul celeste con una luz verde en el techo pasó a toda velocidad ante la mirada atónita de Víctor que no tuvo tiempo ni de levantar el brazo para que le viera.

Disgustado, tras esperar dos minutos, forzó el paso hacia la boca de metro situada como tres manzanas arriba. Al pasar junto a una pastelería no pudo evitar fijarse en una tarta de cumpleaños que había en el escaparate; Dos velas rojas indicaban un número bastante redondo. 50.

Víctor se apresuró más. Sabía que no iba a llegar. Todas las posibilidades de lograr salir de la ciudad a tiempo jugaban en su contra y solo podía esperar que lo que estaba a punto de suceder tardase más de lo previsto.

Cuando empezó a bajar por las escaleras del metro Víctor miró de soslayo el estado de la calle y se dirigió en marcha rápida hacia el andén.

Víctor se sentó en silencio en el vagón. Y como él, el resto de pasajeros se quedaban sentados o agarrados a una barra, ponían la mirada en blanco, leían, jugaban con la consola o escuchaban música.

Un bip le alertó y vio en su reloj que faltaban cinco minutos para las 12. Abrió el maletín y sacó unas extrañas gafas con montura y cristales de color metálico parecidas en parte a las típicas gafas de esquiador. Y se las colocó.

Una anciana que estaba sentada frente a él lo vio y se lo dijo a otra señora sentada junto a ella. Empezaron a chismorrear. Y otras personas se fijaron en Víctor. Pero él siguió sentado sin importarle e ignoró la repentina llamada de atención que había provocado.

Tras dos paradas casi todos los pasajeros del vagón se bajaron y llegaron otros que no dieron importancia a la extraña apariencia de Víctor con esas gafas. Aunque para ser algo corriente le faltaba el bastón y el perro guía.

Víctor sacó entonces una foto. Estaba tomada en un parque cercano y salían una mujer de unos 40 años y dos niños de unos 9 y 16 años.

El chaval de ya 17 años entraba ahora en la pastelería donde Víctor vio la tarta.

La mujer, con su hijo pequeño de la mano, salía de un instituto con algo de preocupación.

De pronto se apagó la luz en los vagones del metro, que avanzaba deprisa. Fueron dos segundos y regresó la luz pero Víctor empezó a observar inmóvil el comportamiento aterrado de los pasajeros que chillaban se ponían a gatear por el suelo o se acurrucaban bajo un asiento sin razón aparente.

En este momento se alegraba de no haber cogido un taxi y de que su familia estuviera ya lejos. O eso pensaba.

Los chillos de la gente le empezaban a resultar molestos cuando llegó a la última estación de la línea. El comportamiento de pánico en la gente era constante. Algunos se quedaban inmóviles sin saber reaccionar y otros vagaban de un lado a otro a oleadas corriendo como si les persiguiera el diablo.

Víctor se abrió paso entre la gente para salir a la superficie. Escuchó sirenas, ruidos de cristales rotos, chisporrotéos eléctricos y otros sonidos de una ciudad en crisis a los que trató de no prestar atención mientras avanzaba en dirección a una estación grande.

Pedro, el hijo mayor de Víctor, sujetaba una tarta envuelta de la pastelería. Era consciente de que lo que estaba viendo no era real aunque cuando una farola de siete metros de altura cayó junto a sus pies al chocar un coche contra ella decidió que no se lo tenía que tomar con tanta calma.

Atada a un pilón de hierro, en la acera, había una bicicleta con un cesto en la parte delantera donde Pedro dejó la tarta. Al agacharse a dar vueltas al candado de tres dígitos y poner la combinación "321" el pilón de hierro empezó a doblarse como si fuera de goma en dirección hacia sus manos.

Pedro saltó la acera pedaleando a toda velocidad abriéndose paso entre un atasco de coches cruzados y con las puertas abiertas. Grupos de gente corrían en la misma dirección huyendo de gran cantidad de objetos normalmente inanimados que los perseguían. Un buzón de correos. La marquesina de la parada de un autobús. Una gran estatua ecuestre de metal.

Al pasar cerca de un parque, una serie de bancos como aquel en el que aparecían sentados en la foto de Victor, se acercaron a Pedro como si sus patas fueran realmente las patas de un cuadrúpedo veloz. El joven pretó un poco más el paso mientras murmuraba cogiendo fuerzas para chillar más alto que nada de éso era real.

Mireya, la mujer de Pedro, abrazaba al pequeño Raúl mientras se agazapaban en un claro del patio de salida del instituto. Viendo salir a profesores y estudiantes en procesión esquivando columnas de ladrillo que se comportaban como cobras gigantes inclinando la cabeza hacia todo lo que se movía.

Víctor en ese momento no sabía que su familia no estaba a salvo. Pensaba que ya estaban muy lejos del peligro.

La última vez que habló con Mireya le dijo que estaba a salvo con Raúl y que ya había avisado para que Pedro saliera de la escuela antes de las once por un motivo familiar grave.

Lo que Mireya no sabía es que ese día un profesor había fallado y Pedro ya no estaba en la escuela. Cuando fueron a darle el aviso había aprovechado para volver a casa y hacer un recado que su madre le había encomendado por la mañana.

El hecho de que a su padre no le gustasen los teléfonos móviles le convertía en el único chico de su edad del instituto que no llevaba móvil.

Víctor entró por la puerta de una pequeña caseta de servicio anexa a la estación. El pequeño recinto estaba iluminado por la tenue luz de una bombilla que alumbraba varios armarios en la pared con aparatos de control e interruptores. Víctor retiró una plancha de madera del suelo y con una palanca levantó una tapa de alcantarillado que conducía a unas escaleras verticales. Y sujetando su maletín entre los dedos de su mano izquierda bajó los peldaños cuidadosamente con algo de miedo a resbalar ya que no llegaba a verse el fondo.

Ya estaba llegando al fondo de la escalera. Abrió y cerró dos compuertas que comunicaban con un recinto subterráneo que canalizaba cables y tuberías. Y apoyó su maletín en el suelo. Se quitó las gafas protectoras y se fijó en una luz roja que parpadeaba junto el acceso a la escalera.

En ese instante la tarta de cumpleaños que Pedro llevaba para Victor cayó al suelo. Una enorme tubería desprendida de la fachada de un edificio alto había hecho caer de la bicicleta al joven y un lunático enfebrecido por la situación se la robó. Pero en cuanto avanzó cinco metros con ella pareció cobrar vida y desplegarse mientras el asaltante saltaba y se alejaba corriendo del cacho de metal que movía su estructura como los tentáculos de un pulpo.

Raúl se soltó de los brazos de su madre y salió corriendo en dirección hacia la muchedumbre que se movía en oleadas esquivando verjas y fuentes que parecían moverse como brazos de escavadoras sin control. Mireya chilló que no se fuera. Pero Raúl no la escuchó y se dejó llevar por el pánico reinante ante el dantesco panorama.

Víctor se colocó las gafas de nuevo y subió rápidamente las escaleras. Rompió uno de los armarios y bajó un gran interruptor. Después salió de la caseta por la puerta anexa a la estación y se quitó las gafas.

viernes 20 de febrero de 2009

Y ahora un cuento

Días sombríos

Paul salió de su casa con una larga gabardina. Su figura alargada y oscura se arrastraba sobre el camino pedregoso del pequeño poblado en mitad de la arboleda.

Al final del camino se divisaba el lago que siempre visitaba con sus amigos. Sus aguas ondulantes alcanzaban los límites del pequeño mirador de piedra de su orilla.

Una nube se disipó iluminando de pronto la cara de Paul y al cerrar los ojos su mente se trasladó 40 años atrás.

Frank, Isebel y Carol corrían detrás de Paul. Paul tenía 8 años cuando sus amigos querían atraparle camino del lago.

Una negra nube cubrió el sol de nuevo. El viejo Paul abrió los ojos y volvió su mirada hacia atrás al escuchar un rumor producido por el frío aire de invierno entre las ramas de los árboles.

Al seguir su camino una bestia se avalanzó sobre la cabeza de Paul. Era un viejo grajo negro desorientado que salió volando hacia las nubes.

Isebel de 8 años y Frank de 10 sujetaban al pequeño Paul en el suelo. Carol permanecía de pié impasible.

-¡Dejarme! ¡No os he hecho nada!- chilló Paul.

Isebel le escupió. Carol se acercó con furia y cuando Isebel desvió su mirada Paul se zafó de ella y le arañó la cara.

Carol se agachó y detuvo con todas sus fuerzas a Paul antes de que pudiera golpear a Frank.

-¡Te mataré- dijo Isebel. Se volvió y levantó una piedra grande. En ese momento, Paul cerró los ojos y escuchó el ruido de una furgoneta aproximándose.

Paul llegó al lugar vacío cerca del camino donde sus viejos amigos lo apresaron mientras el ruido del motor de furgoneta permanecía en su cabeza.

Al alzar la vista, sintió el mismo pánico que minutos antes de ser perseguido por sus amigos de la infancia. Una vieja furgoneta negra venía desde el otro lado del lago.

-¡Devolvernos a nuestros padres!- gritó Isebel levantando la piedra mientras corría hacia la furgoneta.

Carol intentó detener a su amiga pero no pudo alcanzarla a tiempo. Frank se puso a llorar poco antes de que Carol le agarrase de la mano. Ella tiró de él para huir corriendo campo a través.

Isebel yacía en el suelo cuando el conductor de la furgoneta y su acompañante con uniformes de camuflaje militar bajaron y la apartaron del camino como un trapo viejo.

Paul contempló la escena aun desde el suelo. El conductor le miró y sonrió. Los dos tipos sacaron unos rifles con miras telescópicas y persiguieron a Carol y Frank.

Cuando Paul pensó que estaba a salvo, el tipo que acompañaba al conductor se volvió y le disparó con su rifle.

-¡Paul! ¿Te llamabas así? ¿verdad?- dijo el acompañante del conductor de la furgoneta desde su asiento.

Paul aturdido miraba a su alrededor mientras palpaba su cuello dolorido por un dardo anestésico.

-Tranquilo no te mataremos, chico. Los padres de tus dos amigos te agradecen la colaboración.-

Paul sintió un escalofrío en el suelo de la furgoneta frente a Carol y Frank maniatados temblando en silencio.

-¡Habéis matado a Isebel!- susurró Paul entre lágrimas.

El conductor señaló con la mirada a Paul desde el retrovisor. Paul se volvió y enmudeció al instante. A su lado yacía Isebel.

-Tienes mucha suerte, chaval. Ella te habría matado y estos dos nunca podrán hacerlo.- dijo el acompañante.

Frank y Carol se miraron con lágrimas en los ojos.

Frank conducía la furgoneta y Carol esgrimía un hacha pequeña a pocos cientos de metros de distancia. Frank tocaba el claxon y Carol aullaba desquiciada mientras se dirigían hacia el viejo Paul.

Las piernas de Paul flaquearon por la impresión y apenas tuvo fuerzas para girarse hacia el pueblo. El grajo negro volvió a volar junto al camino. Carol lanzó el hacha y Paul sintió un golpe seco en la nuca.

Un ruido estrepitoso hizo temblar a Paul después del golpe y caer de bruces al suelo. Al volverse, la furgoneta estaba tumbada, junto a un árbol, destrozada con sus dos ocupantes.

Paul se levantó. Recogió el hacha separándola del pájaro negro y volvió a dirigirse al mirador del lago.

El hacha se hundió en lo profundo del lago posándose sobre el cristal resquebrajado de un gran retrato enmarcado con la foto de Isebel y Paul con sus padres.


FIN
--

¿Qué os parece el relato? ¿lo habeis "visto" (imaginado)?

Ya se que hay cosas que no se han explicado.
Pero me interesa más la forma que el argumento. Y el final se estaba poniendo algo complicado de resolver.

A ver qué impresión da a los lectores.
Por supuesto guarda similitudes con animes del tipo "Higurashi no naku koro ni", que es mi fondo de pantalla actual.

Teaser de la película de acción real "Higurashi no naku koro ni".
Cualquier parecido con mi relato es "impura" coincidencia.

En otro capítulo explicaré quiénes eran los padres de Frank y Carol y porque perseguían a Paul. (Aunque solo si este aporte se hace muy "taquillero". ;-))

jueves 25 de septiembre de 2008

Un día en otro mundo

La joven de largo pelo moreno se despertó en medio de un bosque sombrío con una intensa sensación de hambre. Se incorporó apoyando sus pies descalzos sobre unas piedras medio ocultas entre la vegetación.

un bosque sombríoLa luz del alba apenas había asomado todavía entre las espesas ramas de los árboles. Solo se escuchaba el susurro del viento mientras una sensación angustiosa de abandono recorría el cuerpo desnudo de la joven que parecía no preocuparse por el frío.

Empezó a caminar sobre piedras y claros en la vegetación. Una piedra temblorosa le hizo perder el equilibrio y no pudo evitar caer de rodillas. La tierra fue tiñendo su cuerpo de color azabache mientras avanzaba torpemente con el único anhelo de calmar hambre y sed.

El sol, desde el cenit, ya filtraba sus rayos entre las copas de los árboles. La joven descendía monte abajo sin encontrar comida, refugio, ni otras señales de vida.

Los grandes árboles del bosque parecían ser su única compañía. Se acercó a uno y lo observó de cerca. Su corteza áspera cubría un tronco que nacía de raíces bajo el suelo. Ella se fue reclinando y apoyó su cabeza en el suelo mirando al tronco. Posó su mano alrededor de una raíz que sobresalía y empezó a escarbar alrededor.

copas en el cenitLe gustaba escuchar el ruido que sus uñas y dedos hacían al remover la tierra. Escarbó profundamente en la tierra hasta que el agujero con la raíz del árbol era algo mayor que su cabeza. La joven se incorporó y miró detenidamente el montículo de tierra que había desplazado. Pudo oler algo de humedad en ella. Entonces miró en lo más hondo del agujero y empezó a escarbar con ambas manos y más interés.

Su mano se alzaba temblorosa hacia su boca con agua obtenida del pozo. Y bebió. Tras probar el agua llenó ambas manos para saciar su sed. Cuando acabó de beber chilló haciendo resonar su voz por una gran extensión del bosque. La forma en que su grito se disipó en la lejanía le sobrecogió haciéndole sentir más sola.

Se recostó junto a su pozo y cerró los ojos. Recordó la sensación relajante que le produjo el ruido de la tierra removida por sus manos.

Una mañana, en medio de un enorme agujero de tierra vacío, una gran excavadora preparaba los cimientos de un inmenso solar. Retiraba la tierra negra y seguía escarbando. Otra vez más. Y otra vez. De pronto se detuvo. Una estructura sobresalía bajo el agujero hecho por la excavadora.

Tres obreros se asomaron sorprendidos al ver un tejado hecho con ramas. Uno de ellos descendió a sacudir algo de la tierra que cubría la estructura, se quitó el casco y miró entre las ramas.

Unos huesos humanos reposaban en un lecho construido con viejas ramas muertas. Aquellas ramas pertenecieron a árboles que solo pudo observar aquella mujer.