Nací en una ciudad que por entonces no llegaba a los 30.000 habitantes cuando los niños y niñas brotaban como setas por España durante los últimos estertores de la era franquista. Un año, ocho meses y cinco días antes de que muriera Franco.
Siendo apenas un bebé apenas conocí de primera mano los avatares de vivir en una dictadura. Sí fui testigo más adelante de cómo se iba moderando la represión policial en una ciudad tan pequeña, la segunda en número de habitantes de Navarra. Veía como igual cerca de media docena de furgonetas de "los grises" aparcadas en la plaza del centro de la ciudad trataban de intimidar a jóvenes rebeldes de finales de los años 70. Esos grises pasaron a ser marrones, a mi modo de ver, cuando sus furgonetas cambiaron a ese color en un "intrépido" movimiento de modernización. La autoridad represiva era, a mi parecer, igual de coercitiva que los grises de finales de su era que yo apenas conocí. Y más adelante pasaron a ser furgonetas azul oscuro, dándoles un toque más sobrio de modernidad y moderación. Reduciendo el número hasta casi desaparecer de la vista del día a día de las personas.
Fui el menor, no esperado, de tres hermanos. Mis hermana y hermano mayores entraban en su adolescencia temprana cuando yo todavía tendría seis años. Aunque mis recuerdos se volvieron más vívidos a partir de los 10 años.
Mi memoria parece perseguirme a gritos cuantos más años pasan con todo lo que recuerdo de mi propia vida. Sobre todo de cómo otros afectaron enormemente a mi vida sin provocación alguna; ignorando mis fobias, anhelos o conocerme siquiera.
Quizás con la intención de entablar amistad, me recuerdo contando mi vida con frecuencia a gente de la edad de mis hermanos o mayores. Nunca tuve ningún reparo en relacionarme con gente de distinta edad para socializar con alguien que pudiera considerar intelectualmente estimulante. Al entrar en un nuevo colegio lo hice acompañado de un amigo de la guardería que tenía mi misma edad, aunque unos tres meses más joven, y al pasar delante de la clase de tercero de pre-escolar sentí que pertenecía a ella pese a que ambos teníamos que entrar en segundo de pre-escolar; y aunque la diferencia de tamaño con los niños que estaban dentro era enorme a esa edad, me despedí del amigo y entré ahí ante la mirada burlona de los que ahí estaban. Cuando llegó la profesora de esa clase llena de mesas redondas me mandó a la clase que me correspondía. Con cuatro años quería estar en la clase de los de cinco. Porque tengo prisa y curiosidad por conocer el mundo antes que el resto. Y sigo sin bajarme de ese burro casi medio siglo después.
Cuando tenía seis años, mis padres me mandaron a un campamento en la montaña navarra. Después, con 13 ó 14 años, el profesor que impartía matemáticas en octavo de EGB, que en realidad se especializaba más en filosofía y letras, en una clase nos dio la explicación más fácil de entender aquella ocurrencia de mis padres de mandarme a un campamento. "-No os están haciendo un favor. Se lo están haciendo a ellos. Para librarse de vosotros durante un tiempo.-"
¿Qué hacía yo a más de 100 km. de casa, con 6 añitos, en un boscoso lugar oscuro, frío, húmedo que producía con más intensidad que en mi propia casa que aliviase la vejiga medio dormido, antes del amanecer, en el mullido colchón de una tienda de campaña junto a otros niños algo mayores que no conocía de nada?
Llegó a mis oidos que ese campamento de verano no aceptaba niños menores de 7 años pero mis padres habían logrado inscribirme.
Por entonces aún creía en los Reyes Magos. Fueron los amigos asignados en mi tienda los que me contaron que los Reyes eran los padres. Y contaban otras cosas de niños grandes que fui aprendiendo escuchando con interés en silencio.
Aunque sólo les conocí unos días, los considero amigos porque alguno me acompañaba por la mañana a las instalaciones de aquel campamento donde había lavabos y podía discretamente lavar el pis de mi ropa interior. Y porque cuando el instructor avisaba de que iba a hacer inspección de las tiendas de campaña ellos daban la vuelta y apilaban todos los colchones para dejar la tienda "ordenada", lista para inspección, y que no vieran que había uno más mojado de lo esperado.
Seguramente fue aquella experiencia la que empezó a enseñarme mejor que nada el poder de la amistad.
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