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viernes, 28 de febrero de 2014

En el último momento




En el último momento

El hombre no tenía fuerzas para subir la montaña pero en ese momento volver atrás ya era peor opción que seguir en busca del refugio para los escaladores que se aventuraban por aquel remoto lugar.

De pronto, tras un matorral se escuchó un animal que asomó el hocico. Era un lobo hambriento. Puede que estuviera más hambriento que el solitario escalador accidental que se encontraba en una situación límite de supervivencia.

Cuando vio que por otros dos costados asomaban dos lobos más, el pánico se apoderó de Teddy, como le llamaban sus amigos.

De pronto, se escuchó la voz de Ramoncín cantando "Yo soy el rey del pollo frito. El rey del pollo frito. El rey del pollo frito..." y los lobos salieron espantados.

Teddy, con los pantalones llenos de excrementos, contestó su teléfono móvil y pidió ayuda al mismo tiempo. "Hombre, Iñaki! Qué bien me viene tu llamada. Oye! ¡Que me he perdido en la pista cubierta del Xanadú! ¿ Puedes pedirle a tu suegro que me mande un helicóptero o algo? Gracias."


Este relato es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o mala leche. B]

¿Y qué hacían tres lobos y matorrales en una pista cubierta de esquí? Bueno... Eso eran imaginaciones de Teddy. Lo siento pero en cuanto se me ocurrió el nombre del personaje el final venía cantado. Literalmente.

sábado, 12 de enero de 2013

Simplificar


Al plasmar una historia en un texto es posible que falten matices importantes para hacerla interesante o más realista. Cuando más compleja es la historia más se olvidan los matices y es probable que el quid de la cuestión sea precisamente añadir unos que generen la atracción necesaria sobre trama y personajes de una historia.

De modo que las películas que en el fondo nos parecen más ridículas y sinsustancia a veces logran un gran éxito que otros filmes más ambiciosos y artísticos no llegan a lograr jamás.

No significa que unos guionistas sean mejores o peores. Digamos que en igualdad de condiciones, un mismo guionista que no tiene que concentrarse en una compleja trama para mantener el interés podría centrar su atención en dotar la historia de detalles que adornan la historia y compensar la falta de originalidad o planteamiento simplista con una puesta en escena más espectacular.


Pero la filosofía del Keep It Simply, Silly no siempre es la que promulgo. De hecho, la simplificación suele estar siempre en caminos opuestos a los que suelo seguir. Es decir que si otro lo ha hecho ya, yo ya no quiero hacerlo. Quizás tenga algo que ver, el ser un hijo "tardano" que ha heredado ropa y trastos viejos de hermanos y primos mayores y que acabó harto de cosas usadas, viejas o manidas.

Los problemas siempre son un reto pero por pereza muchas veces son un obstáculo en el que topamos repetidas veces y no aprendemos a resolverlos.

Por pura intuición y costumbre soy capaz de hacer cosas como compilar un sistema operativo íntegramente pero a veces en asuntos que no controlo en absoluto soy capaz de llegar a conclusiones precipitadas y cometer los errores más tontos por pensar de más.

"Pasarse de listo" es una expresión que encaja perfectamente con este tema. Pero voy a dejar de escribir con estilo de blog y narraré un cuento que expresará mejor la idea:

El Dr. Bigeye en: "La duda"

El doctor Bigeye caminó entre las sombras de su laboratorio. El recinto estaba lleno de probetas y recipientes de cristal con líquidos de oscuros colores que burbujeaban sin cesar.

ー¡Alfred!ー exclamó el doctor, gritando para que le oyera fuera del laboratorio.
ー¿Llamaba, señor?ー un relámpago iluminó la silueta del mayordomo frente a la ventana, al otro extremo del viejo laboratorio del castillo del Dr. Bigeye.

El doctor se dio la vuelta sorprendido y abrió sus grandes ojos aún más.

ーAlfred, creía que estaba en su habitación!ー
ーNo, señor. Sabía que me iba a llamar esta noche así que le he estado esperando.ー
ー¿Pero no le di a usted hoy la noche libre?ー
ーSi, señor. No importa; De verdad.ー
ーEn realidad no le necesito.ー
ー¿No?ー
ーBueno. No, pero sí. Tengo que preguntarle una cosa. Tengo que preguntárselo a alguien para poder resolverlo yo mismo. Si no lo pregunto no siento la necesidad de resolverlo y me quedo como al principio.ー
ーComprendo.ー
ーBien. Pues allá va mi pregunta.ー

El mayordomo quedó en silencio circunspecto; aprovechó para encender una vela que iluminaba sus facciones arrugadas tras una larga vida al servicio de sus distintos amos.

El doctor abrió la boca para hablar pero volvió a cerrarla un momento y finalmente hizo su pregunta.

ー¿Crees que las mandarinas que traen al supermercado tienen un buen sistema de trazabilidad de su cultivo y distribución que permita averiguar cómo van a saber antes de pelarlas?

El mayordomo siguió en silencio en espera de que el doctor se respondiera solo como anunció.

ーLlevo 40 años haciendo experimentos y no he logrado dar con una fórmula exacta que me indique el grado de dulzor y acidez sin pelar o perforar de alguna manera las mandarinas. Y estoy empezando a pensar que la única forma sería calcular todas las variables externas, incluyendo el tipo de transporte, la meteorología durante el plazo de cultivo y todos los productos de siembra y riego utilizados. Hoy día sería posible crear una inmensa base de datos capaz de predecir la calidad de las mandarinas antes de llegar al consumidor. Y sin embargo, las del super de la esquina siguen siendo siempre un misterio!ー Bigeye abrió más sus ojos y prosiguió. ーAHHHH! Por qué? Me está volviendo loco!ー

ーSi me da permiso para hablar, señor....ー Dijo el mayordomo. ーCreo que esa no es la pregunta que quería hacer, realmente.ー

El doctor abrió tanto los ojos que su cara más que una cara era una mueca de sorpresa expectante.

ーLa pregunta debió ser ¿hay algo que me impida pelar una mandarina para saber como sabe?ー Dicho esto, el mayordomo se dio la vuelta y dejó al doctor con cara boquiabierta en su laboratorio, mientras regresaba a sus aposentos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Triple Mcguffin

Con mucho cuidado hizo una bola con sus dos manos que puso sobre el cubo de basura y depositó lo que sostenía cayendo dentro con un ruido sordo. Inmediatamente sacó la bolsa negra del cubo. La ató y salió de casa para tirarla.

Antes de salir se cruzó con una vecina que entraba en el portal. Una señora con sombrerito redondo rosa y llamativo.

-Hola, señor Puente. ¿Va a tirar la basura tan temprano?
-¿Y usted la trae a casa en su bolso?
-Oh! Qué maleducado!

La vecina chismosa entró dejando que el señor de la bolsa de basura saliera a la calle.

Al salir, un hombre con mono azul de trabajo y un saco amarillo al hombro tropezó con el de la bolsa de basura.

- Perdone! No le vi salir.
- No pasa nada. Disculpe.

El hombre del saco amarillo se alejó y se detuvo pocos metros después en el cruce que había en la calle.
El hombre de la bolsa de basura, el señor Puente, se volvió hacia el contenedor para desperdicios orgánicos que había frente a su portal.

Repentinamente algo le deslumbró. Un objeto brillante, posiblemente de metal, había reflejado la luz del sol justo antes de que el hombre del mono azul lo introdujera en su saco amarillo. Volvió a mirar hacia el contenedor y tiró la bolsa de basura en su interior. Pero después observó como el hombre del mono azul descolgaba el saco amarillo de su hombro y lo apoyaba en el suelo frente a él. Al poco rato, giró su cabeza para mirar hacia donde estaba el señor Puente y éste miró hacia otro lado para no llamar la atención.

Justo en ese momento un camión de la basura se detenía delante del señor Puente. Y una chica joven en chandal empezó a chillar a 50 metros del contenedor.

- Esperen! Por favor!

Llevaba una bolsa de basura verde en la mano y corría hacia donde estaba el señor Puente, que dio unos pasos atrás, algo indeciso.

Del camión bajó otro basurero con mono de trabajo azul y abrió el conenedor.

- Espere! Traigo basura!- Chilló de nuevo la joven con la bolsa verde.

El basurero la miró y aguardó a que llegara mientras sacaba la bolsa del señor Puente del contenedor. La joven dio al basurero su bolsa y justo en ese momento el saco amarillo golpeó al basurero.

- Hola! Toma tu saco! Te lo dejaste en casa ayer.
- Gracias! Cuélgamelo a la espalda. ¿quieres?

El basurero arrojó las dos bolsas al depósito del camión, la bolsa verde quedó encima de la negra y algo pareció moverse en su interior. El basurero no hizo gesto de advertir nada raro y se subió por el lado opuesto al conductor. Asomó por la ventanilla y se despidió de su compañero.

- Nos vemos mañana!

La joven dio media vuelta por donde había venido y en dirección opuesta, de vuelta hacia el cruce de la calle, se fue el hombre del mono azul.

El señor Puente dio media vuelta y se dirigió hacia su casa. Poco antes de entrar giró su mirada y vio alejarse el camión de la basura.

martes, 20 de diciembre de 2011

El momento definitivo

Carlos lo tenía claro. Debía resolver el misterio que tenía ante sus ojos.
Y debía hacerlo antes de que el señor de frente prominente y una gran escopeta a su espalda llegase a donde él estaba.

Era evidente que el tío de la escopeta era el dueño de la furgoneta que ardía en medio del campo. Y Carlos se encontraba entre ellos y todo apuntaba a que el culpable era él.

Debía pensar deprisa. Si salía corriendo podría dar aún más impresión de que era culpable y ya era demasiado tarde. El cazador le había visto.

Podría explicar que él había ido por ahí para estirar las piernas tras una mañana de mucho estrés en el trabajo y que cuando llegó el vehículo ya estaba ardiendo. Pero teniendo en cuenta que no estaba en la ciudad sino en un lugar deshabitado desde hace tiempo nadie más podría ser responsable salvo el único urbanita intruso que se había colado en el tranquilo valle de un riachuelo pequeño y alejado del resto del mundo.

Carlos suponía que la furgoneta era de un cazador pues parecía haber pelaje de animales en la parte de atrás de la furgoneta en llamas. Al volver la mirada vió que el hombre descolgaba la escopeta de su espalda y la pretaba contra sí con su mano derecha mientras corría.

Carlos escudriñó con la mirada la furgoneta en busca de más pistas, algo que le ayudase a salir del paso. Algo que le exculpase. Algo tenía que haber provocado el fuego y estaba dispuesto a averiguarlo aunque su campo de especialidad era llevar la contabilidad de una pequeña empresa. No sabía nada de física, química, automóviles, seguridad contra incendios, ni tan siquiera primeros auxilios. Pero no podía dejar de mirar la furgoneta en busca de indicios sobre el incidente aún percibiendo a su espalda la llegada del dueño con una mirada de ira extrema capaz de matar con ella y, por descontado, con los cartuchos de su escopeta.

El humo negro fluía hacia lo alto de los árboles desde la furgoneta en llamas e iba calcinándose. El cazador llegó al claro del camino y se detuvo a escasos 10 metros de la furgoneta y 5 de Carlos. Carlos no miró al cazador. Estaba bloqueado mirando el suelo de la furgoneta a través del hueco humeante de la ventanilla derretida de atrás. La alfombra de pieles se convertía en una fina tela negra y empezó a rasgarse. El cazador extendió su escopeta, cerró los ojos.

Carlos vio algo que le hizo estremecerse. Dos disparos sonaron junto a la olvidada orilla del río. Unos pajaros negros salieron espantados de las copas de los árboles hacia lo alto del cielo.

La furgoneta llegó al amanecer al claro del bosque. El tubo de escape dejó de rugir cuando su conductor paró el motor. Recogió las llaves y salió sacando la escopeta de detrás de su asiento. El cazador miró al niño y le habló.

-¿Quieres quedarte a echar una siesta antes de que empecemos a preparar la barbacoa?
-Sí, papá. Aún estoy muy cansado.
-De acuerdo. Cierra el seguro y no salgas de la furgoneta.

El cazador estaba a punto de irse cuando dio media vuelta, volviendo a la furgoneta. Abrió con sus llaves la puerta de atrás y agarró un mechero Zippo que estaba junto a un bote de líquido inflamable. Volvió a cerrar y empezó a alejarse hacia los árboles.

El ruido de los disparos retumbaba alrededor. Carlos estaba encogido de hombros. Un bulto de carbón y chuletas de costillas fritas asomaba bajo la manta de pieles carbonizada. El cazador había disparado al cielo y mantenía sus brazos apuntando arriba y los ojos entrecerrados a punto de echarse a llorar.

-Daniel!- Chilló arrodillándose con la escopeta todavía apuntando al cielo.

Carlos se giró y vio al cazador arrodillado.

Algo no cuadraba en su cabeza. No estaba nada claro. No sabía exactamente que había pasado. Aunque empezaba a hacerse una idea.

-¿Está bien?- Preguntó Carlos.

El cazador levantó la mirada y sus ojos expresaron sorpresa y chilló de improviso.

- No, Daniel! No! Ya tenemos comida en la furgoneta.

Carlos sintió un fuerte golpe en la cabeza y sintió desvanecerse.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Más allá del mundo

La humanidad estuvo a punto de lograrlo.

Se habían conseguido fusionar los poderes socioeconómicos en tres grandes regiones y había buena relación como para conseguir pronto un modelo común para todos. El hambre y las guerras terminaron. Pero lo que condujo a los seres humanos a las puertas de su propia extinción fue la avaricia o un desmedido afán de superación.

El cielo estaba gris y un hombre caminaba junto a su hijo por la carretera. Un tren los atropeyó de pronto cuando cruzaban de forma descuidada un paso a nivel sin barrera. La lluvia limpió los restos sin que nadie más se preocupase y entonces salió el sol.

La población había descendido a ocho millones de habitantes en todo el planeta. A nadie le preocupaban problemas que antaño parecían acuciantes; como la escasez de envoltorios de papel para bombones y golosinas. O el incremento de tallas de zapatos en graduaciones centesimales.

Al llegar a la estación, un hombre de negocios bajó del tren. Llevaba un maletín y tenía la mirada perdida. A su alrededor, el resto de pasajeros que bajaban de los vagones eran conducidos por militares hacia casetas aduaneras.

El hombre viajaba ofreciendo muestras de rotuladores para venderlos en distintas poblaciones. Ese día, había recorrido 80 kilómetros y pasado por cuatro aduanas.

Su mercancía se vendía muy bien. Aunque siglos antes nadie usaba lapiceros, bolígrafos, ni nada similar. No era necesario. Antes podía dibujarse con la mente sobre cualquier habitáculo de casas y automóviles con proyector holográfico de serie. O con el sensor neuronal portátil de los "smarthands" que tenían los habitantes adultos de todo el mundo.

El viajero al llegar al puesto de registro se fijó que el agente aduanero llevaba uno de los rotuladores que él vendía.

-Yo vendo esos rotuladores que usa. -Dijo el vendedor.
-No me importa. Su nombre, por favor.
-Domingo Veneziano.
-¿Qué alfabeto?
-Supravelano del este.
-Uff! Ni idea. -Se quejó el agente-. Tomé el rotulador y escríbalo usted.

Domingo sacó un rotulador del bolsillo de su chaqueta y escribió su nombre en una grafía parecida a lo que siglos atrás fue coreano.

El agente miró el formulario escrito y habló.

-¿Domingo Veneziano? -Miró al vendedor que asentía con la cabeza-. De acuerdo. Pase.

Tras la aduana del andén al aire libre se accedía a una pequeña estación a través de un arco que emitía una solución insecticida con la que Domingo quedó impregnado. Al abrir los ojos, un niño le ofrecía pañuelos de papel a cambio de tres borelios, la moneda de la ciudad-estado Borealia, de 827 habitantes, a la que acababa de llegar.

-Lo siento. No tengo todavía moneda local. -Dijo Domingo. Y, tras perder de vista al chaval, sacó un pañuelo de papel de su bolsillo y secó sus párpados y resto de la cara.

Al salir de la estación otra puerta con brumizador de insecticida roció a Domingo con una solución algo más sucia, mezclada con arena de la calle.

El mismo niño de antes estaba esperando fuera y ofrecía pañuelos a Domingo.

-Tres borelios. -Exclamó tajante el chico avispado.
-De acuerdo. Aquí tienes.

Domingo tenía simpatía por los que ejercían su profesión con tenacidad. Aunque su abuelo los culpaba del Segundo Gran Equívoco. Un desastre natural producido por la humanidad. Algo totalmente incongruente; provocado, sobre todo, por confusiones con estadísticas, malentendidos científicos y litigios por patentes iniciados con fines codiciosos.

A una velocidad inusitada se redujo la población mundial de 9000 millones a la mitad y en pocos años se mermó hasta los niveles actuales, mil veces inferior.

Domingo entró en un bar.

-¿Qué desea? -Preguntó el camarero.
-Una tapa Posealia, por favor. -dijo señalando un extraño plato con ingredientes luminescentes-. Y un Zumoringo. Gracias.
-Serán 18 borelios.

Domingo pagó y el camarero sirvió su tapa y una bebida de color oscuro.

El camarero soltó el vaso repentinamente en la barra y salió a atender a un señor que entraba en el local con unas ropas llamativas, de colores rojos y grises metalizados con forma similar a la que los astronautas del siglo XX usaban en el espacio.

Antes del desastre la población no tenía clases sociales bajas, ni altas. Nadie gobernaba las vidas de los demás. Y todo el mundo vivía colmado de atenciones y comodidad.

Pero nuevamente la crisis más gorda de la humanidad benefició a unos pocos y la baraja del juego cambió para empezar una partida diferente.

Domingo dió el último bocado a la parte más brillante de su aperitivo. Una luz azulada podía verse bajando por su garganta y se iba atenuando poco a poco. Y se fue del bar tras beber de un trago el resto de su vaso.

Mientras se iba, el señor con traje de astronauta diseñado al estilo Andy Warhol recibía el octavo plato de comida en su mesa por un esforzado camarero que no daba abasto para servir todo al mismo tiempo.

En la misma calle que el bar se concentraban los principales comercios de Borealia y Domingo vio enseguida una librería que vendía también artículos de papelería.

Estaba a punto de entrar cuando sonó una potente sirena que resonaba por las calles. Los viandantes empezaron a correr y meterse en las casas.

Se escucharon los motores a reacción de varios cazas de combate despegando a pocos metros del lugar formándose un gran estruendo y haciendo que el aire vibrase y formase rachas de polvo y arena que impactaban con farolas y fachadas.

Domingo vio que un avión maniobraba rápidamente y soltaba una bomba justo hacia la calle donde estaba él.

Su expresión de pánico no podía ser más desorbitada. No tenía escapatoria. No sabía hacia donde ir pero empezó a correr en el mismo sentido que la bomba.

La bomba al llegar a tres metros del suelo implosionó y, en ese momento, una mano tiró del vendedor adentro del bar donde había almorzado. Desde el cristal de la puerta, Domingo vio como la bomba se había convertido en pequeñas virutas que flotaban y una gran cantidad de líquido se esparcía por toda la calle.

Ese líquido era un tipo de insecticida algo más agresivo y menos sofisticado que el que hubiera sido necesario para combatir la extinción de la humanidad.

El Segundo Gran Equivoco Mundial produjo que miles de millones de insectos, hormigas y avispas que parecieron enloquecer atacaran a las personas de forma incontrolada, y dado que las tres agencias de patentes del mundo estaban sumidas en un eterno litigio por una fórmula insecticida; que había sido prohibida por intereses comerciales, no hubo producción suficiente para salvar las vidas de media humanidad.

Domingo vio como un enjambre de insectos gigantes, propios de una mala película de serie B ambientada en una selva prehistórica tropical, avanzaban por la calle y se iban escaldando al entrar en contacto con el líquido rociado.

Un grupo de insectos parecidos a una avispa del tamaño de una libelula alzaron el vuelo y se dirigieron al bar.

-Oh! No. -Gritó el camarero. Que aún agarraba del hombro a Domingo. Hasta que se avalanzó a pulsar un botón rojo junto a la entrada.

Empezó a formarse una cortina de insecticida que surgía del marco de la puerta. Cerrada; pero no hermética.

Las avispélulas asomaron por una rendija inferior y murieron al conctacto del insecticida.

El camarero empezó a retirar los platos del hombre ricachón que ni se había inmutado con las sirenas y el estruendo, pero empezó a cubrirse con un gorro especial que salía de su traje.

-Ayudarme, por favor! Esto les atrae! -Chilló desesperado el camarero.

Domingo volvió a ver su situación muy complicada. No dejaban de entrar insectos por debajo de la puerta y morían al contacto con el insecticida. Pero la presión del rociador empezaba a bajar.

Tras la crisis de siglos atrás, y con las prisas por recuperar un estado que se pareciera al de antes, aún se cometieron más errores y se pusieron las cosas peor. Se levantó la prohibición de la sofisticada fórmula insecticida pero el uso indiscriminado produjo una reacción en cadena en el ecosistema, haciendo perder cosechas y vida animal de todo el planeta. Muchos de los mejores científicos capacitados para hacer frente a un desequilibrio tan grande habían muerto. Y los supervivientes se guiaron por el miedo y desandaron todo el camino que había costado siglos recorrer hasta llevar al mundo a niveles pre-medievales.

La tecnología más sofisticada no se pudo reconstruir y prevaleció la ley del más fuerte mientras la humanidad trataba de recobrar su puesto en el podium de la especie animal más inteligente del planeta.

Lo que le pasó a Domingo aquel día nadie lo sabe con certeza. El camarero y el "astronauta" murieron.

La ciudad fue clausurada y, tiempo después, en las aduanas de la región empezó a haber escasez de rotuladores.

martes, 12 de enero de 2010

Media vuelta



Víctor sabía que tenía poco tiempo. Salió de su casa, un edificio inmenso de 20 pisos y 400 apartamentos, e intentó parar un taxi. Entre las manos llevaba un pequeño maletín parecido al que usan los médicos aunque algo más pequeño.

Un coche azul celeste con una luz verde en el techo pasó a toda velocidad ante la mirada atónita de Víctor que no tuvo tiempo ni de levantar el brazo para que le viera.

Disgustado, tras esperar dos minutos, forzó el paso hacia la boca de metro situada como tres manzanas arriba. Al pasar junto a una pastelería no pudo evitar fijarse en una tarta de cumpleaños que había en el escaparate; Dos velas rojas indicaban un número bastante redondo. 50.

Víctor se apresuró más. Sabía que no iba a llegar. Todas las posibilidades de lograr salir de la ciudad a tiempo jugaban en su contra y solo podía esperar que lo que estaba a punto de suceder tardase más de lo previsto.

Cuando empezó a bajar por las escaleras del metro Víctor miró de soslayo el estado de la calle y se dirigió en marcha rápida hacia el andén.

Víctor se sentó en silencio en el vagón. Y como él, el resto de pasajeros se quedaban sentados o agarrados a una barra, ponían la mirada en blanco, leían, jugaban con la consola o escuchaban música.

Un bip le alertó y vio en su reloj que faltaban cinco minutos para las 12. Abrió el maletín y sacó unas extrañas gafas con montura y cristales de color metálico parecidas en parte a las típicas gafas de esquiador. Y se las colocó.

Una anciana que estaba sentada frente a él lo vio y se lo dijo a otra señora sentada junto a ella. Empezaron a chismorrear. Y otras personas se fijaron en Víctor. Pero él siguió sentado sin importarle e ignoró la repentina llamada de atención que había provocado.

Tras dos paradas casi todos los pasajeros del vagón se bajaron y llegaron otros que no dieron importancia a la extraña apariencia de Víctor con esas gafas. Aunque para ser algo corriente le faltaba el bastón y el perro guía.

Víctor sacó entonces una foto. Estaba tomada en un parque cercano y salían una mujer de unos 40 años y dos niños de unos 9 y 16 años.

El chaval de ya 17 años entraba ahora en la pastelería donde Víctor vio la tarta.

La mujer, con su hijo pequeño de la mano, salía de un instituto con algo de preocupación.

De pronto se apagó la luz en los vagones del metro, que avanzaba deprisa. Fueron dos segundos y regresó la luz pero Víctor empezó a observar inmóvil el comportamiento aterrado de los pasajeros que chillaban se ponían a gatear por el suelo o se acurrucaban bajo un asiento sin razón aparente.

En este momento se alegraba de no haber cogido un taxi y de que su familia estuviera ya lejos. O eso pensaba.

Los chillos de la gente le empezaban a resultar molestos cuando llegó a la última estación de la línea. El comportamiento de pánico en la gente era constante. Algunos se quedaban inmóviles sin saber reaccionar y otros vagaban de un lado a otro a oleadas corriendo como si les persiguiera el diablo.

Víctor se abrió paso entre la gente para salir a la superficie. Escuchó sirenas, ruidos de cristales rotos, chisporrotéos eléctricos y otros sonidos de una ciudad en crisis a los que trató de no prestar atención mientras avanzaba en dirección a una estación grande.

Pedro, el hijo mayor de Víctor, sujetaba una tarta envuelta de la pastelería. Era consciente de que lo que estaba viendo no era real aunque cuando una farola de siete metros de altura cayó junto a sus pies al chocar un coche contra ella decidió que no se lo tenía que tomar con tanta calma.

Atada a un pilón de hierro, en la acera, había una bicicleta con un cesto en la parte delantera donde Pedro dejó la tarta. Al agacharse a dar vueltas al candado de tres dígitos y poner la combinación "321" el pilón de hierro empezó a doblarse como si fuera de goma en dirección hacia sus manos.

Pedro saltó la acera pedaleando a toda velocidad abriéndose paso entre un atasco de coches cruzados y con las puertas abiertas. Grupos de gente corrían en la misma dirección huyendo de gran cantidad de objetos normalmente inanimados que los perseguían. Un buzón de correos. La marquesina de la parada de un autobús. Una gran estatua ecuestre de metal.

Al pasar cerca de un parque, una serie de bancos como aquel en el que aparecían sentados en la foto de Victor, se acercaron a Pedro como si sus patas fueran realmente las patas de un cuadrúpedo veloz. El joven pretó un poco más el paso mientras murmuraba cogiendo fuerzas para chillar más alto que nada de éso era real.

Mireya, la mujer de Pedro, abrazaba al pequeño Raúl mientras se agazapaban en un claro del patio de salida del instituto. Viendo salir a profesores y estudiantes en procesión esquivando columnas de ladrillo que se comportaban como cobras gigantes inclinando la cabeza hacia todo lo que se movía.

Víctor en ese momento no sabía que su familia no estaba a salvo. Pensaba que ya estaban muy lejos del peligro.

La última vez que habló con Mireya le dijo que estaba a salvo con Raúl y que ya había avisado para que Pedro saliera de la escuela antes de las once por un motivo familiar grave.

Lo que Mireya no sabía es que ese día un profesor había fallado y Pedro ya no estaba en la escuela. Cuando fueron a darle el aviso había aprovechado para volver a casa y hacer un recado que su madre le había encomendado por la mañana.

El hecho de que a su padre no le gustasen los teléfonos móviles le convertía en el único chico de su edad del instituto que no llevaba móvil.

Víctor entró por la puerta de una pequeña caseta de servicio anexa a la estación. El pequeño recinto estaba iluminado por la tenue luz de una bombilla que alumbraba varios armarios en la pared con aparatos de control e interruptores. Víctor retiró una plancha de madera del suelo y con una palanca levantó una tapa de alcantarillado que conducía a unas escaleras verticales. Y sujetando su maletín entre los dedos de su mano izquierda bajó los peldaños cuidadosamente con algo de miedo a resbalar ya que no llegaba a verse el fondo.

Ya estaba llegando al fondo de la escalera. Abrió y cerró dos compuertas que comunicaban con un recinto subterráneo que canalizaba cables y tuberías. Y apoyó su maletín en el suelo. Se quitó las gafas protectoras y se fijó en una luz roja que parpadeaba junto el acceso a la escalera.

En ese instante la tarta de cumpleaños que Pedro llevaba para Victor cayó al suelo. Una enorme tubería desprendida de la fachada de un edificio alto había hecho caer de la bicicleta al joven y un lunático enfebrecido por la situación se la robó. Pero en cuanto avanzó cinco metros con ella pareció cobrar vida y desplegarse mientras el asaltante saltaba y se alejaba corriendo del cacho de metal que movía su estructura como los tentáculos de un pulpo.

Raúl se soltó de los brazos de su madre y salió corriendo en dirección hacia la muchedumbre que se movía en oleadas esquivando verjas y fuentes que parecían moverse como brazos de escavadoras sin control. Mireya chilló que no se fuera. Pero Raúl no la escuchó y se dejó llevar por el pánico reinante ante el dantesco panorama.

Víctor se colocó las gafas de nuevo y subió rápidamente las escaleras. Rompió uno de los armarios y bajó un gran interruptor. Después salió de la caseta por la puerta anexa a la estación y se quitó las gafas.

viernes, 20 de febrero de 2009

Y ahora un cuento

Días sombríos

Paul salió de su casa con una larga gabardina. Su figura alargada y oscura se arrastraba sobre el camino pedregoso del pequeño poblado en mitad de la arboleda.

Al final del camino se divisaba el lago que siempre visitaba con sus amigos. Sus aguas ondulantes alcanzaban los límites del pequeño mirador de piedra de su orilla.

Una nube se disipó iluminando de pronto la cara de Paul y al cerrar los ojos su mente se trasladó 40 años atrás.

Frank, Isebel y Carol corrían detrás de Paul. Paul tenía 8 años cuando sus amigos querían atraparle camino del lago.

Una negra nube cubrió el sol de nuevo. El viejo Paul abrió los ojos y volvió su mirada hacia atrás al escuchar un rumor producido por el frío aire de invierno entre las ramas de los árboles.

Al seguir su camino una bestia se avalanzó sobre la cabeza de Paul. Era un viejo grajo negro desorientado que salió volando hacia las nubes.

Isebel de 8 años y Frank de 10 sujetaban al pequeño Paul en el suelo. Carol permanecía de pié impasible.

-¡Dejarme! ¡No os he hecho nada!- chilló Paul.

Isebel le escupió. Carol se acercó con furia y cuando Isebel desvió su mirada Paul se zafó de ella y le arañó la cara.

Carol se agachó y detuvo con todas sus fuerzas a Paul antes de que pudiera golpear a Frank.

-¡Te mataré- dijo Isebel. Se volvió y levantó una piedra grande. En ese momento, Paul cerró los ojos y escuchó el ruido de una furgoneta aproximándose.

Paul llegó al lugar vacío cerca del camino donde sus viejos amigos lo apresaron mientras el ruido del motor de furgoneta permanecía en su cabeza.

Al alzar la vista, sintió el mismo pánico que minutos antes de ser perseguido por sus amigos de la infancia. Una vieja furgoneta negra venía desde el otro lado del lago.

-¡Devolvernos a nuestros padres!- gritó Isebel levantando la piedra mientras corría hacia la furgoneta.

Carol intentó detener a su amiga pero no pudo alcanzarla a tiempo. Frank se puso a llorar poco antes de que Carol le agarrase de la mano. Ella tiró de él para huir corriendo campo a través.

Isebel yacía en el suelo cuando el conductor de la furgoneta y su acompañante con uniformes de camuflaje militar bajaron y la apartaron del camino como un trapo viejo.

Paul contempló la escena aun desde el suelo. El conductor le miró y sonrió. Los dos tipos sacaron unos rifles con miras telescópicas y persiguieron a Carol y Frank.

Cuando Paul pensó que estaba a salvo, el tipo que acompañaba al conductor se volvió y le disparó con su rifle.

-¡Paul! ¿Te llamabas así? ¿verdad?- dijo el acompañante del conductor de la furgoneta desde su asiento.

Paul aturdido miraba a su alrededor mientras palpaba su cuello dolorido por un dardo anestésico.

-Tranquilo no te mataremos, chico. Los padres de tus dos amigos te agradecen la colaboración.-

Paul sintió un escalofrío en el suelo de la furgoneta frente a Carol y Frank maniatados temblando en silencio.

-¡Habéis matado a Isebel!- susurró Paul entre lágrimas.

El conductor señaló con la mirada a Paul desde el retrovisor. Paul se volvió y enmudeció al instante. A su lado yacía Isebel.

-Tienes mucha suerte, chaval. Ella te habría matado y estos dos nunca podrán hacerlo.- dijo el acompañante.

Frank y Carol se miraron con lágrimas en los ojos.

Frank conducía la furgoneta y Carol esgrimía un hacha pequeña a pocos cientos de metros de distancia. Frank tocaba el claxon y Carol aullaba desquiciada mientras se dirigían hacia el viejo Paul.

Las piernas de Paul flaquearon por la impresión y apenas tuvo fuerzas para girarse hacia el pueblo. El grajo negro volvió a volar junto al camino. Carol lanzó el hacha y Paul sintió un golpe seco en la nuca.

Un ruido estrepitoso hizo temblar a Paul después del golpe y caer de bruces al suelo. Al volverse, la furgoneta estaba tumbada, junto a un árbol, destrozada con sus dos ocupantes.

Paul se levantó. Recogió el hacha separándola del pájaro negro y volvió a dirigirse al mirador del lago.

El hacha se hundió en lo profundo del lago posándose sobre el cristal resquebrajado de un gran retrato enmarcado con la foto de Isebel y Paul con sus padres.


FIN
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¿Qué os parece el relato? ¿lo habeis "visto" (imaginado)?

Ya se que hay cosas que no se han explicado.
Pero me interesa más la forma que el argumento. Y el final se estaba poniendo algo complicado de resolver.

A ver qué impresión da a los lectores.
Por supuesto guarda similitudes con animes del tipo "Higurashi no naku koro ni", que es mi fondo de pantalla actual.

Teaser de la película de acción real "Higurashi no naku koro ni".
Cualquier parecido con mi relato es "impura" coincidencia.

En otro capítulo explicaré quiénes eran los padres de Frank y Carol y porque perseguían a Paul. (Aunque solo si este aporte se hace muy "taquillero". ;-))

jueves, 25 de septiembre de 2008

Un día en otro mundo

La joven de largo pelo moreno se despertó en medio de un bosque sombrío con una intensa sensación de hambre. Se incorporó apoyando sus pies descalzos sobre unas piedras medio ocultas entre la vegetación.

un bosque sombríoLa luz del alba apenas había asomado todavía entre las espesas ramas de los árboles. Solo se escuchaba el susurro del viento mientras una sensación angustiosa de abandono recorría el cuerpo desnudo de la joven que parecía no preocuparse por el frío.

Empezó a caminar sobre piedras y claros en la vegetación. Una piedra temblorosa le hizo perder el equilibrio y no pudo evitar caer de rodillas. La tierra fue tiñendo su cuerpo de color azabache mientras avanzaba torpemente con el único anhelo de calmar hambre y sed.

El sol, desde el cenit, ya filtraba sus rayos entre las copas de los árboles. La joven descendía monte abajo sin encontrar comida, refugio, ni otras señales de vida.

Los grandes árboles del bosque parecían ser su única compañía. Se acercó a uno y lo observó de cerca. Su corteza áspera cubría un tronco que nacía de raíces bajo el suelo. Ella se fue reclinando y apoyó su cabeza en el suelo mirando al tronco. Posó su mano alrededor de una raíz que sobresalía y empezó a escarbar alrededor.

copas en el cenitLe gustaba escuchar el ruido que sus uñas y dedos hacían al remover la tierra. Escarbó profundamente en la tierra hasta que el agujero con la raíz del árbol era algo mayor que su cabeza. La joven se incorporó y miró detenidamente el montículo de tierra que había desplazado. Pudo oler algo de humedad en ella. Entonces miró en lo más hondo del agujero y empezó a escarbar con ambas manos y más interés.

Su mano se alzaba temblorosa hacia su boca con agua obtenida del pozo. Y bebió. Tras probar el agua llenó ambas manos para saciar su sed. Cuando acabó de beber chilló haciendo resonar su voz por una gran extensión del bosque. La forma en que su grito se disipó en la lejanía le sobrecogió haciéndole sentir más sola.

Se recostó junto a su pozo y cerró los ojos. Recordó la sensación relajante que le produjo el ruido de la tierra removida por sus manos.

Una mañana, en medio de un enorme agujero de tierra vacío, una gran excavadora preparaba los cimientos de un inmenso solar. Retiraba la tierra negra y seguía escarbando. Otra vez más. Y otra vez. De pronto se detuvo. Una estructura sobresalía bajo el agujero hecho por la excavadora.

Tres obreros se asomaron sorprendidos al ver un tejado hecho con ramas. Uno de ellos descendió a sacudir algo de la tierra que cubría la estructura, se quitó el casco y miró entre las ramas.

Unos huesos humanos reposaban en un lecho construido con viejas ramas muertas. Aquellas ramas pertenecieron a árboles que solo pudo observar aquella mujer.